El quiebre de la normalización de la violencia
Pocas cosas me regalan sensaciones tan satisfactorias, como poder iluminar sitios y caminos oscuros. Desde mi más imprudente niñez hasta la fecha, la fascinación por la luz, es algo que me llena el alma.
Mi primera falta grave por ese extraño gusto, la cometí cuando intenté iluminar con un cerillo el interior de la sábana que era la casita donde me escondía con mi prima Yoli a comer cacahuates japoneses. La rápida intervención de mi tío, Raúl Zapata, evitó que nos inmoláramos cual bonzos.
No tardé mucho tiempo en descubrir que contra esos riesgos extremos, existían las lámparas de baterías. Unas linternotas metálicas Eveready, a las que le cabían como ocho pilas de las grandotas, que se chupaba en un chico rato; daban una luz amarillenta, pero llenaban mi expectativa de iluminar.
Todavía no reinaba el plástico y podías conseguirlas en las tlapalerías de la colonia. Yo ahorraba mis exiguos emolumentos producto del barrido de escaleras y la ida por la leche, que a la semana me representaban casi cinco pesotes.
Si no me los gastaba en golosinas, era una cantidad considerable, por lo que en dos semanas juntaba lo necesario para adquirir lámpara y pilas, que guardaba celosamente en mi caja de juguetes.
Era el lamparero de todos los juegos nocturnos con la bola de primos y primas que integramos el Club de los Macacos, con sede en el domicilio de mi tía Adela, en la Calle de Yácatas, de la colonia Narvarte. Ahí, con mi querida Yoli, quien era la única Macaca, seguí la ingesta de maní oriental.
Otro de nuestros escenarios de juego, tal vez el más socorrido, fue la casa de la abuela, en la colonia Roma, donde vivía con mi mamá y hermanos. El pasillo de no más de 4 metros, se convertía en la cancha de Wembley, un día sí y los demás de la semana, también.
Pero trasladábamos ese Wembley a la vuelta de la esquina, donde lo tornábamos en cualquier otro estadio de los pocos que conocíamos, y jugábamos toda clase de deportes y similares: beisbol, futbol, tochito, voli, canicas, avioncito, burro castigado, bote pateado, carreterita y todo lo que se nos ocurriera; éramos libres y sin riesgos como ahora.
Aunque ya había alumbrado público, era escasa la luz que proporcionaban los postes del mobiliario urbano. Era entonces cuando yo respondía al mínimo reto, para echar lamparazos en el terreno baldío que dejó la demolida escuela María Enriqueta, donde casi todos, primos y amigos, aprendimos las primeras letras. Era toda una aventura apedrear ratas que salían cuando echaba la luz en la oscuridad, parados en la endeble barda que rodeaba el terreno.
De regreso en casa para el relato macabro de la abuela Lola, sobre el capítulo del Monje Loco que acabábamos de escuchar por la XEW, antes de que se fuera la luz en la colonia, en lugar de enojarme o darme miedo, gracias a mi linterna, me encantaba cuando mi abuela me mandaba por algo a la azotea, donde decían que años atrás había muerto la dueña de la casa.
En mi adolescencia, era muy fácil viajar a cualquier punto del país de aventones, raid o con el dedo gordo. Lo hice decenas de veces y creo que era muy práctico. Llevaba una maleta más bien pequeña con un par de mudas de ropa y poquísimos utensilios.
Llegaba y me instalaba de base en Mérida, en casa de mi adorada tía Lupi, donde disfrutaba con mis primos, Ceci, Pedro y José Francisco, en la García Ginerés, donde viví, en distintas épocas, momentos inolvidables de mi existencia.
Era yo tan aventado, que después de llegar solo desde México, reiniciaba el trayecto para llegar a Bacalar, Quintana Roo, donde vivía mi amigo Leonel Quiroz. Mi equipaje: cepillo de dientes, desodorante, un radio portátil y mi lámpara. Siempre llegaba sin contratiempos al destino planeado.
Ya de adulto, en 1985 el terremoto de la ciudad de México nos agarró al equipo de IMEVISIÓN de gira deportiva en la frontera norte del país. Nos enteramos de la tragedia en Ciudad Acuña, Coahuila, y luego de unos cuantos días sin poder comunicarnos, el jefe Joaquín López Dóriga, nos ordenó irnos del otro lado de la frontera a recoger los testimonios de quienes desde Estados Unidos enviaban ayuda a nuestro país.
Al cruzar allende el Bravo, en una tienda de ofertas encontré una lámpara Kriptalight que ya me esperaba. Con tres pilas medianas, generaba una luz blanca súper potente. Pude constatarlo cuando nos quedamos varados en la fronteriza carretera interestatal 100 de la Unión Americana, una de las más peligrosas y solitarias del vecino país.
La banda del motor de la combi en la que viajábamos se reventó a eso de las 11 de la noche y nos quedamos, auténticamente, en medio de la nada, bajo un cielo sin luna. En toda la noche pasaron solamente dos autos que, por supuesto, no se detuvieron.
Entró entonces a escena mi maravillosa lámpara que en medio de esa oscuridad, se abría paso a doscientos o trescientos metros y nos permitía casi iluminar los cerros del horizonte.
La potencia de esa luz nos llenó de un ánimo desconocido e impulsó a mi compañero camarógrafo Evodio Cruz, a eso de las 3 de la mañana, a sacar fuerzas de flaqueza para improvisar una banda de mecate, sí de vil mecate, que encontró cómo sujetar al motor, para volverlo a echar a andar.
El mexican remediou, duró cerca de 20 kilómetros, más que suficientes para llegar al poblado de Dauphine, Texas, donde pasamos el resto de la noche. Por la mañana conseguimos la refacción original y continuamos nuestro viaje.
Yo no hice nada, pero siento que mi lámpara y su luz fueron fundamentales para salir del atolladero en el que nos encontrábamos.
A la fecha poseo varias linternas de todo tamaño, pero mis favoritas son dos de luz LED, que podrían iluminar juntas una cancha de futbol.
Es algo que me nace de la entraña y que no puedo explicar; tal vez lo que me atrae es la oscuridad, porque gracias a ella encuentro el placer de cortarla con un haz de luz.