Genio y Figura/Francisco Buenrostro
Imaginemos esta escena: un hombre de unos setenta años parado frente a la puerta cerrada de un banco sosteniendo en la mano un papel arrugado y mirando la pantalla de su celular con cara de no entender nada. La sucursal ya no atiende en ventanilla para el trámite que él necesita; solo le dicen con prisa desde adentro “por la App”. La escena no es rara, se repite a diario en las oficinas de gobierno, en las plataformas para pagar la luz, en los portales del banco que exigen validaciones faciales, para pedir una cita médica y hasta para reservar lugar en un restaurante. La idea que nos han vendido es que la digitalización nos simplifica la vida a todos, y al mismo tiempo asumimos que todas las generaciones nacieron con un dispositivo de última generación en la mano y la agilidad cognitiva necesaria para descifrar todo tipo de menús de navegación que, dicho sea de paso, cambian todo el tiempo, dejando un cruel mensaje implícito: si no sabes usar esta interfaz, quedas fuera del sistema.
En México el 97.6% de los jóvenes de 15 a 24 años usan internet, pero solo el 57.8% de personas entre 65 y 74 lo usan, y apenas el 30.3% de los mayores de 75 hacen uso de él. Esto muestra que el solo disponer de apps como único recurso para muchos tramites o pagos no es neutral.
Es maravilloso que la tecnología avance, pero lo ha hecho con tanta prisa que hemos borrado la alternativa humana. Al eliminar la atención presencial, le quitamos la autonomía a millones de personas de un chasquido. De pronto, para disponer de su propio dinero o para hacer un trámite al que tienen derecho, necesitan pedirle ayuda a un hijo o a un desconocido en la calle. Hoy dependen de alguien para hacer algo que antes hacían solos y ese es un tipo de aislamiento silencioso del que hemos sido cómplices.
Pero la exclusión comienza muchos años antes en un lugar que duele de otra forma: el mercado de trabajo.
Se nos ha hecho fácil juzgar la edad. Si un médico tiene canas, pensamos que es un especialista experimentado y nos ponemos en sus manos con confianza. Si un profesor lleva treinta años enseñando, asumimos que domina su materia como nadie. Incluso en las leyes o en la política, la madurez se presume como un activo. Sin embargo, en el mundo corporativo, la frontera de los 40 o 50 años se ha convertido en una especia de muerte civil anticipada.
Basta revisar las bolsas de trabajo para darnos cuenta de decenas de convocatorias laborales que ponen un filtro categórico: “edad máxima, 35 años” o “hasta 40 años”. Con ese solo renglón, las empresas desechan a miles de profesionales en su etapa de mayor madurez. Y no es que la ley lo permita: el artículo 133 de la Ley Federal del Trabajo prohíbe expresamente a los patrones negarse a contratar por razón de edad, y la Suprema Corte ya calificó esa práctica como discriminatoria, pero nadie hace cumplir la ley. Se busca una juventud eterna bajo la idea de que solo los más jóvenes son flexibles, creativos o entienden el mundo digital. Desperdiciar la fuerza laboral “Senior” es una injusticia social y un error tremendo. Con esa tijera se tiran a la basura habilidades que no se aprenden en ningún curso intensivo. Estamos hablando de la capacidad para mantener la calma en una crisis, el criterio para tomar decisiones difíciles, la ética de trabajo y esa perspectiva que solo da el haber cometido errores en el pasado y haberlos resuelto.
Descartar a la gente de más de 40 es, además, un pésimo negocio para el país ya que estamos viviendo un cambio demográfico que no tiene marcha atrás. La tasa de natalidad está cayendo en casi todo el mundo y la expectativa de vida no para de subir. Según proyecciones de CONAPO (Consejo Nacional de Población), la población de 60 años o más pasará de 16.5 millones -el 12.4% del país- en 2024, a casi 28 millones, uno de cada cinco mexicanos para 2040. Pretender que la economía la muevan únicamente los menores de 30 es vivir fuera de la realidad. Y para atender mercados cada vez más diversos y longevos, se necesitarán equipos diversos.
En lugar de armar un pleito entre generaciones, creo que la verdadera innovación en un equipo de trabajo, más que poner a diez personas idénticas en una oficina, es el reunir miradas distintas. Cuando la energía y el manejo intuitivo de la tecnología de un joven de 25 años se cruza con la experiencia estratégica y la templanza de alguien de 55, los resultados son mejores para todos llegando a la interacción de diferentes trayectorias y una enseñanza mutua. Y, sobre todo, se crean productos y servicios pensados para la sociedad real, no para una sola parte de ella. Un estudio de la Universidad de Zúrich, que analizó más de 18,000 empresas alemanas y dos millones de empleados durante una década, confirma que la diversidad de edades mejora la productividad, sobre todo en los equipos que hacen trabajo creativo o innovador, pero depende de que la empresa realmente sepa gestionarlo y aprovecharlo.
Este 01 de octubre se conmemora el Día Internacional de las Personas de Edad. Por lo general, la fecha se llena de discursos bonitos sobre cuidar a nuestros abuelos y llamados a la caridad, pero en realidad la ONU estableció esta fecha en 1990, para reconocer la contribución de los adultos mayores a la sociedad, crear conciencia sobre los desafíos del envejecimiento y promover una vida digna, no para causar lástima.
A veces se nos olvida lo más obvio: envejecer es el único camino que nos toca a todos si tenemos la suerte de seguir vivos. El ritmo al que cambian la tecnología y la cultura es tan rápido que tarde o temprano a todos nos alcanzará. En diez o veinte años, los que hoy tenemos 40 o 50 nos vamos a encontrar frente a un mundo con herramientas, lenguajes y dinámicas que no aprendimos a usar en la juventud. Nadie está inmune a sentirse desfasado en un entorno que cambia las reglas a mitad del juego.
Mientras que el ecosistema digital margina a los adultos mayores en su vida cotidiana, el mercado laboral se encarga de descartar prematuramente a profesionales que apenas han rebasado los 40 o 45 años. Por eso, pelear hoy para que el banco mantenga una ventanilla abierta devolviéndole eficacia, exigir que las dependencias públicas atiendan en persona a quien lo necesite regresándole humanidad, garantizar espacios participativos o denunciar la discriminación por edad en los empleos no es un favor que le estamos haciendo a los adultos mayores de hoy. Es una inversión en nosotros mismos, es poner desde ahora las reglas del juego que nos van a proteger cuando estemos de aquel lado asegurando que la longevidad sea celebrada como un logro de la civilización.
Llegar a cierta edad no debería hacernos sentir como que estamos condenados al olvido y tampoco hacer sentir así a las personas que ya cruzaron ese puente. La experiencia acumulada es un patrimonio que ningún país se puede dar el lujo de desperdiciar. Si no empezamos a voltear a ver a este sector de la población para integrarlo de verdad en la vida productiva, social y política, estaremos pavimentando el camino para nuestra propia exclusión mañana. Ojalá entendamos a tiempo que un mundo donde la gente grande es hecha a un lado, simplemente es un mundo mal diseñado socialmente y estaríamos firmando nuestra propia sentencia de exclusión futura.