México cambia de edad/Fabiana Bejínez
En la película “Amor sin escalas” (Up in the air) de 2009, el actor George Clooney interpretó a un personaje de nombre Ryan Bingham quien tenía la nada agradable labor de viajar por todos los Estados Unidos para despedir empleados de diversas compañías, tratando de hacerles ver que no era el fin del mundo dejar un empleo en el que difícilmente los valoraban.
En un momento de esta cinta, Ryan informa a Bob, interpretado por J.K. Simmons, que había perdido su empleo y, tras el duro golpe le preguntó: “¿Sabes por qué los niños admiran a los atletas?”, Bob le contestó: “Porque se acuestan con modelos”, y Ryan lo corrigió “No, por eso los admiramos los adultos. Los niños admiran a los atletas porque ellos siguen sus sueños".
Posteriormente, Ryan le hace la observación a Bob de que en su currículum había puesto que estudió gastronomía y que tenía el sueño de ser chef, aunque terminó sepultando este sueño bajos tediosas horas de labor en una oficina, por lo que lo motivo a realizar ese anhelo ahora.
La reflexión puede ser tan poderosa o tan ambigua como uno la quiera ver, porque lo cierto es que muchos tenemos sueños incumplidos, algunos que pudieran parecer inalcanzables, pero al crecer, al adquirir las responsabilidades de la vida adulta se ven todavía más imposibles de lograr, hasta que llegamos a un punto de la vida en el que pareciera que nada nos llena, porque no tuvimos el valor de luchar por lograr ese sueño.
Ya sea convertirse en cantante, manejar un auto de carreras, pintar al óleo o, simplemente, plantar un rosal, hacer realidad esa obsesión que nació en nuestra mente puede hacer la diferencia entre ser feliz, lo que eso sea para cada quien, o sentirse amargado.
Lo cierto es que tampoco se trata de dejarlo todo así nomás, alejarse del mundo que nos rodea por alcanzar un sueño, o quizás sí, pero estando siempre conscientes de qué es lo que realmente queremos y cuál es el sacrificio que estamos dispuestos a hacer para alcanzarlo, hasta donde podemos llegar para no quedarnos por siempre con un sentimiento de frustración, que se puede convertir, conforme pasan los años, en un lastre cada vez más difícil de cargar.
Dicen que el mundo es de los locos, que hacer algo por el gusto meramente de hacerlo, rompiendo paradigmas, es para desquiciados, pero cuando vemos como esas personas se sienten plenas y realizadas, muchos quisiéramos estar locos, desprovistos de convencionalismos y ataduras.
Finalmente, cada quién decide qué hacer y qué no, y si vale la pena ir hasta las últimas consecuencias por conseguir un sueño. Sin embargo, lo que sí no se vale es quejarse siempre de nuestra realidad, la que hemos construido día a día, culpando a la vida misma de lo que nos pasa, somos lo que hemos decidido ser y en nuestras manos está en lo que nos queremos convertir. Nunca es tarde para perseguir tus sueños.