¿Desaparición de Morena?
Mi primera novia oficial, si es que así puede llamarse, la tuve hasta los 18 años, cuando entré al CCH y eso me quitó el tapón de las frustraciones que viví durante años, después de que una preciosa niña no quiso ser mi novia en quinto de primaria, porque estaba muy feo.
Creo que hasta entonces me asomé con espíritu crítico al espejo y pude confirmar su argumento. Así que, desde antes de terminar la primaria, me olvidé de las niñas y me dediqué a estudiar durante el sexto de primaria y toda la secundaria.
Durante esos años me daba tremenda muina mirar como todo el grupo de amigos se intercambiaban novias, mientras yo iba a fiestas y reuniones sólo de vez en cuando. Me enamoré entonces de una preciosa españolita que, por supuesto, no me peló y se hizo novia de mi mejor amigo.
Pero, les decía, llegó el CCH y todo cambio como por arte de magia. Tenía un imán increíble con mis compañeras. Lo atribuía al hecho de que siempre intervenía en clases y les explicaba las tareas de matemáticas.
Y así de esa primera novia oficial, se sucedieron en meses otras tantas conquistas que yo mismo no podía creer. Ese imán se extendió más allá de las instalaciones escolares. Era otro, me sentía seguro.
En aquella ciudad capital de los setenta, era cosa sencilla toparte con la misma gente en los recorridos del transporte público.
Para regresar a casa desde la escuela que estaba en la avenida de los 100 metros, tomaba un camión que me dejaba cerca del monumento a la Revolución. De ahí, tenía que abordar el Bellas Artes-C.U., que se iba por todo Insurgentes, y al que todos los días se subían dos primores con uniforme de un prestigiado colegio de señoritas.
Me encantaba avisarles cuando se desocupaba algún asiento, cosa que me agradecían con una bella sonrisa que se convertía en mi recompensa. Pero para mí, no era suficiente; quería acercarme, conocerlas, pero todavía no era tan aventado.
Tenía que bajarme en la glorieta de Chilpancingo, pero un día decidí seguirme para ver dónde se bajaban ellas. Lo hicieron poco después del Poliforum de Insurgentes; yo descendí en la próxima esquina y procuré no perderlas de vista. Se metieron en la esquina del restaurante La Mansión en la calle Los Ángeles y desaparecieron.
No pueden caminar tan rápido, viven en alguna de estas casas, me dije. Dediqué un buen tiempo en compañía de mis primos, quienes nos aparecíamos por la zona, para averiguar dónde vivían esas dos muñecas, a una de las cuales bauticé con el mote de La Patita.
Una compañera de la prepa se cambió con su familia, justamente, a la calle Los Ángeles, a un costado del mencionado restaurante y ahí, por fin, se dio el anhelado acercamiento con las que después supimos que eran hermanas, nietas del acaudalado propietario del equipo de beisbol Tigres.
Vi realizado mi sueño de amistad con las dos bellas, que además nos presentaron a más amigas y yo a más amigos; todos juntos vivimos una de las mejores épocas de constantes fiestas y paseos, además de desarrollar lazos afectivos que subsisten hasta la fecha.
En el inter de esta amable historia, conocí en el mismo Bellas Artes-C.U. a una atractiva tamaulipeca de la que también me hice novio. Era más grande que yo y estaba en otro nivel de relación muy lejos de la “manita sudada”.
Nos encontramos una tarde lluviosa, cuando me llamó la atención su gesto de angustia dentro del camión. Me acerqué para preguntarle qué le pasaba y me dijo que buscaba la calle Tlacotalpan. Me ofrecí a acompañarla hasta donde iba y descendimos del transporte en medio de un tremendo aguacero.
Atravesamos Insurgentes tomados de la mano y llegamos hechos un par de sopas hasta el hospital Metropolitano donde ella se quedaría a trabajar. A partir de ese momento nos hicimos inseparables. Todas las noches la acompañaba a su departamento en Tlatelolco y regresaba a mi casa pasadas las doce de la noche.
Cuando se hacía más tarde me quedaba con ella, cosa que no le agradó para nada a la autora de mis días, pues además de la escuela, tenía un turno vespertino en el archivo de Sears, de donde salía a las 8, por lo que casi nunca estaba en el hogar materno.
En esa plenitud absoluta de mis 18, además de mi novia cecehachera, tenía a mi chica de Reynosa y sostenía un flirteo con una hermosa compañera de Sears, con la que el fin de año me fui a bailar al Hotel Del Prado frente a la Alameda, junto con todos los compañeros de archivo.
Pero estaba próximo mi merecido. Una hermana de mi novia del CCH también estaba en “El Camichín”, popular centro nocturno donde fuimos a bailar, y, ni tarda ni perezosa, le fue con el chisme a su fraterna, quien al día siguiente no quiso ni verme. Mi chica tamaulipeca se súper enojó porque esa noche no fui por ella y ni siquiera le avisé; me cortó. Y mi compañera de trabajo no respondió a mis intenciones.
Para todos efectos, cuando Dios da, lo hace en abundancia y así, en una sola noche, como diría mi abuela, me quedé “sin jacha, calabaza y miel”.




