Las protestas en el mundo
Nada se compara con la pérdida de los padres, cuyas ausencias no las suple nada ni nadie y dejan, para bien o para mal, recuerdos indelebles de aquellos últimos momentos a nuestro lado.
Para los hijos, aun cuando hayan sido seres humanos del montón, siempre los veremos como los mejores del mundo. Y lo son, pues nos dieron la vida.
Ausencias más terrenales que duelen y vuelven a doler, son las de los amigos cercanos. En lo personal tengo varias que marcaron mi existencia: Rosario Ochoa, Enrique Valdés, Julián Rivas y Bernardo de la Serna, encabezan la lista.
LADIES FIRST: Charito caló profundo desde siempre en mi sentimiento. Fuimos cómplices desde que nos conocimos, en todo y para todo; era la niña traviesa del kinder garden de mi alma; congeniamos como si nos hubiéramos esperado toda la vida; el talento para las artes plásticas se le desparramaba por los poros.
Su sensibilidad embrujaba: En una ocasión, después de haber expuesto exitosamente en la Galería Chávez Morado de Guanajuato Capital, el periodista Abraham Zabludovsky le pidió una escultura para ilustrar su revista Kamaleón y ella, además de feliz, se sintió comprometida como la gran profesional que era.
En su pequeño estudio elaboró una pieza de gran estilo y sello personal, que colocó cuidadosamente en el piso, para que terminara de secarse.
Una llamada telefónica inesperada la obligó a moverse rápidamente y, sin querer, pisó la fresca obra, que no alcanzó a estropearse demasiado, pero sí quedó casi partida a la mitad. Esa misma tarde pasaron por la escultura y ya no tuvo tiempo de hacerle nada. Tal como quedó le encantó al buen Abraham, quien la publicó en páginas centrales de su revista.
Celebramos el detalle y coincidimos, doctos y alegres, en las múltiples aristas del arte.
Recordarla, es un banquete para el espíritu y, sobre todo, un homenaje a la grandeza de una mujer sensible y talentosa, que se fue demasiado pronto…
Valdezinho, operaba micrófono y controles de radio aquella mañana de enero de 1979, cuando en la ciudad de Puebla, Su Santidad, Juan Pablo II, me bendijo, porque, de verdad, no le quedó de otra. Al girar en una esquina del atiborrado centro poblano, él y yo éramos los únicos parados a la misma altura (él en el Papamóvil y yo en la cornisa de un edificio).
Quedé mudo cuando el Santo Padre hizo la señal de la cruz, frente a mi rostro, mientras nuestras miradas se cruzaban, No supe si llorar, reír, gritar o desmayarme.
La laguna (tiempo sin hablar en radio) que hice fue más grande que la de Chapala. Por más “cues” que me dio el Papuchino -como le decíamos de cariño- yo no reaccionaba.
Confieso que al volver a la transmisión, en la frecuencia de la X-730, lloré al aire por la emoción que me produjo esa bendición, que no era cosa de todos los días y, por supuesto, que la hice extensiva al Papuchino y a la gente de la casa que generosamente nos permitió transmitir desde su balcón.
Ese detalle nos unió de manera muy especial, e hicimos tan buena mancuerna, que nos enviaron juntos a varias giras de trabajo más. Lo mismo anduvimos en vueltas ciclistas por todo el país, que en nacionales de atletismo y hasta en futbol.
Un día de octubre de 1984, Enrique me llamó por teléfono con la voz más pastosa que jamás le había escuchado. Era para comunicarme el sepelio de su hijo menor quien murió al caerse de la azotea. Ahí estuve con él y su señora esposa en ese trago más que amargo.
Motivos de trabajo impidieron nuestra convivencia diaria. Él se fue a operar audio a Noticieros de Televisa Televisión y yo pasé a las filas de IMEVISIÓN, la Televisora del Estado. Hablábamos cada semana y nos reuníamos, por lo menos, una vez al mes en alguna cantina, a pesar de que él no tomaba una gota de alcohol.
Enrique entró a su turno de trabajo en Chapultepec 18 a las 5 de la mañana de ese aciago 19 de septiembre de 1985. Fue una de las primeras víctimas identificadas del edificio de Noticieros Televisa, que se derrumbó por completo…
Julián Rivas, Yuliano Rivadavia -como yo le decía-. Maestro en la preparación de la carne tártara y exigente degustador de moronga. Era oriundo de Arandas, Jalisco, "güerejo ojiverde de rancho"; de “La Tierra de Dios y María Santísima”, me reviraba.
Pocos hombres tan íntegros y fieles como él conocí en mi vida. Además de amigo de Ley, trabajador, bohemio, alegre, confiable, dicharachero y conquistador por naturaleza, debido a su personalidad, no tenía ojos absolutamente para ninguna otra mujer que no fuera su adorada esposa Jacqueline.
Solicitado por edecanes, modelos y toda clase de bellezas clásicas de los deportes, era más bien tímido y le valían todo género de críticas, por su absoluta negación a faltarle siquiera con el pensamiento a su mujer. Yo era su crítico y admirador, pero más que nada, su amigo..
Él siempre como reportero de la entonces Organización Radio Centro y yo, primero para Televisa Radio, y luego para Grupo ACIR, recorrimos el país entero usualmente como roomies; nunca nos faltó la plática ni la diversión.
Tenía apenas unos cuantos años de haberse mudado a Guadalajara y yo a León, cuando su querida Jacquie se comunicó para avisarme de su muerte. Como suelo ser en esos casos, quedé totalmente bloqueado y solo mi esposa fue capaz de sacarme del marasmo para que fuéramos a la Perla Tapatía a darle el último adiós…
Bernardo “El Chaparrín” de la Serna. No está en el cielo porque prefirió ir a corromper a Satanás antes que a Dios. Era un genio en la extensión de la palabra, hombre culto y conocer del mundo, no se ligaba solo porque no se gustaba.
No tenía verbo, era el verbo mismo. Arrostró las penurias de la vida como pocos y logró casi todo lo que quiso, No fue un ejemplo de vida, pero supo reconocer sus errores que fueron todos. Como amigo no tuvo comparación, lo dio todo por quienes tuvimos el privilegio de su amistad.
Pocos seres tan terrenales como él a quien solamente le faltó ver regresar al León a la primera división del futbol mexicano, cosa que añoró los últimos diez años de su vida. Meses después de su muerte, el León ascendió al máximo circuito.