Que se vaya Taddei
Explorando cómo vivir mejor después de los 40
El lunes pasado los estudiantes de educación básica volvieron a clases. Aunque, en realidad este día se empieza a fraguar desde unas dos semanas antes y obliga a toda la familia a encontrar de nuevo su ritmo. Es bastante común la escena que se repite cada fin de verano en muchas casas. El comedor empieza a llenarse de cuadernos, uniformes, etiquetas y libros, y las calculadoras de los hogares mexicanos hacen cuentas para comprar los zapatos nuevos, la mochila y esa lista de útiles que siempre parece guardar una sorpresa para el final. Todo esto, sin desacomodar demasiado el presupuesto familiar.
Oficialmente el ciclo no ha empezado, pero en la familia ya se siente un ambiente de estrés, porque hay que reorganizar horarios, volver a pensar quién lleva y quién recoge, ideas para el lunch, coordinar actividades y acomodar otra vez la vida alrededor de la escuela. Así que cuando finalmente llegó el primer lunes, no solo regresaron los niños, regresó toda la familia.
Las vacaciones dan pie a que las rutinas se aflojen casi solas. Se recorre la hora de irse a dormir, las mañanas pierden horarios, las comidas se vuelven más flexibles y las horas de juego se alargan. Pero cuando inicia el ciclo escolar nuevamente, esperamos que todo vuelva a funcionar en una sola noche como si el cuerpo y la mente pudieran cambiar de ritmo porque lo dice el calendario.
La American Psychological Association, en su guía sobre el manejo del estrés durante el regreso a clases, señala que este momento puede ser estresante para niños y familias porque implica horarios más rígidos y enfrentarse otra vez a situaciones desconocidas. En los niños, parte de esa tensión viene de no saber quien será el maestro o si revolvieron su grupo dejando a sus amigos en otro salón.
Por supuesto que no todos lo viven igual. Un niño de primaria puede estrenar mochila con una sonrisa y, al mismo tiempo, resistirse a soltar la casa. En secundaria es más común que se preocupen por pertenecer y encajar. Y en preparatoria cambian las exigencias y aparece una mayor presión por lo académico. Y aunque la emoción es muy parecida, va cambiando la manera de expresarla, y ahí es donde quizá los padres nos confundimos.
Un niño pequeño casi nunca dice “estoy nervioso”. Más bien, se niega a vestirse, se pone irritable o puede quejarse de un dolor de estómago antes de salir. Un adolescente puede que se encierre o conteste con monosílabas porque le cuesta confesar que le preocupa volver a ver a un grupo de compañeros.
La idea de los padres es que los hijos estén tranquilos el primer día, y el segundo y el tercero, pero nosotros llevamos casi dos semanas haciendo pagos, comprando, revisando horarios y repasando listas mentales a las once de la noche. Y cuando llega el día de clases, falta un zapato, alguien no quiere desayunar, avisan de un choque en el grupo del colegio o simplemente todos están de malas porque “madrugaron” y bajo estas circunstancias es difícil mantener la calma.
Hay un concepto de la psicología del desarrollo que vale la pena conocer: La corregulación. La psicóloga infantil Mona Delahooke, en su libro Brain-Body Parenting (2019), explica que los niños van desarrollando poco a poco la capacidad de regular sus emociones y que, en buena medida, ese aprendizaje ocurre acompañado de sus padres o de los adultos que los cuidan. Es parte de la vida que los padres no estén serenos todo el tiempo, pero esto quiere decir que nuestro propio estado también entra en escena. El tono con el que hablamos, la forma en que reaccionamos cuando algo sale mal y la sensación de seguridad que transmitimos pueden ayudar a un niño a recuperar el equilibrio. Para que un niño pueda desarrollar esta habilidad, se debe tener cuidado en la cara cuando se derrama el vaso o el tono de voz cuando hay mucha prisa. Primero aprendemos a calmarnos con alguien apoyándonos, y después aprendemos a hacerlo por nosotros mismos. Y aquí hay algo que vale la pena decirnos como adultos: la calma que intentamos transmitirles a los hijos en este regreso a clases es la misma que muchos de nosotros, a esta edad, seguimos aprendiendo a sostener, solo que ahora el salón desconocido se llama trabajo, salud o los propios cambios del cuerpo.
Los últimos años hemos aprendido mucho sobre estrés y ansiedad y nos ha sido de utilidad, pero a veces pensamos que cualquier tipo de incomodidad debe desaparecer inmediatamente. Un poco de estrés o nervio frente a lo nuevo forma parte de la vida, lo importante es que sea manejable y que el niño no tenga que atravesarlo completamente solo.
Pensemos en ese primer día en un salón nuevo. Puede haber nervios, dudas y ganas de que termine rápido. Pero si el niño entra, vuelve al día siguiente y poco a poco empieza a sentirse más cómodo, aprendió algo muy importante sobre sí mismo: que puede estar en una situación incierta y no se derrumba.
La autorregulación y la resiliencia se van construyendo cuando el niño reconoce que algo le cuesta, recibe apoyo y comprueba que puede recuperar el equilibrio. Nuestro papel sería hacerle saber que, si necesita ayuda, estaremos ahí para acompañarlo a descubrir cómo puede lidiar con esos nervios y superarlo.
Algunas casas recuperan el ritmo en dos o tres días. Otras pueden tardar tres semanas para volver a sentirse organizadas, así que abandonemos expectativas. Cada niño tiene su ritmo y requiere tiempo diferente para sentirse cómodo con el nuevo grupo o volver a sincronizar su reloj biológico. Una dosis de desajuste es frecuente y normal en la primera semana.
Recuperar poco a poco los horarios unos días antes del inicio de clases podría funcionar mejor que corregir todo la noche anterior. Procurar tener algunas cosas listas desde un día antes, ayuda a reducir decisiones a las 6 de la mañana y así evitar peleas y tensiones cuando el día apenas empieza. En estas primeras semanas, también ayuda no llenar todas las tardes de actividades. Si la escuela ya es un cambio grande, dejar un poco de aire alrededor puede ayudar a que todos encuentres de nuevo su ritmo más rápido.
Y algo muy simple es que quizá podríamos esperar un poco para hacer la típica pregunta ¿Cómo te fue? que, aunque está llena de amor y genuino interés, hay niños que necesitan unos minutos para volver a sentirse tranquilos en casa después de un día de reglas nuevas y adaptándose a un ambiente distinto.
La vida estará llena de transiciones; hoy es un cambio de grado, más adelante llegarán otros lugares y momentos en los que tendrán que volver a encontrar su lugar y no podemos evitarles la incertidumbre que sentirán en cada cambio que tengan que hacer. Pero tampoco hace falta, podemos ayudarles a que el estrés no los desborde, darles tiempo para adaptarse permaneciendo cerca mientras recuperan el equilibrio. Pero debemos dejarles claro que pueden entrar a un lugar desconocido, sentirse inseguros un rato y poco a poco, hacerlo suyo.
Al final, el regreso a clases no es solo asunto de los niños: se comparte en familia. Ellos aprenden a entrar a un salón desconocido y nosotros seguimos practicando lo mismo solo que con otros nombres. Por eso pienso que vale la pena preguntarnos, la próxima vez que alguien en casa amanezca de mal humor, no solo cómo ayudarlo a regularse a él, sino qué tan regulados estamos nosotros primero. Porque ese equilibrio, más que enseñarse, se contagia y en cada regreso a clases, volver a encontrar el ritmo lleva más de un lunes. Pero lo importante es que la familia no termine desarmada y sepa como volver al equilibrio siempre.