Victorias pírricas
Ver las puertas de Palacio de Gobierno de Jalisco ardiendo durante la manifestación del pasado 18 de octubre en el centro de Guadalajara me dio tristeza y coraje. Pensé en toda historia que guarda ese edificio y en las personas que habían salido a pedir algo tan básico como agua limpia. Me preguntaba cómo habíamos llegado a ver esas escenas en una protesta que debía ser pacífica.
Pero también hubo personas que pidieron detener los destrozos e intentaron apartar a quienes los provocaban. En los videos y coberturas quedó documentado que hubo quienes marcharon sin violencia y quienes decidieron incendiar y dañar y no podemos meterlos a todos en el mismo saco.
Después vinieron las versiones sobre posibles pagos y respaldos políticos. No me voy a meter en ese campo, pero incluso si se comprobara que alguien recibió dinero, mi pregunta seguiría siendo la misma: ¿por qué aceptó hacer daño?
Que te paguen no convierte una agresión en algo correcto. Tampoco el que sientas el apoyo de alguien poderoso ni la promesa de que no habrá consecuencias. Por eso, aunque efectivamente hayan recibido un pago o cualquier tipo de recompensa, me sigo preguntando ¿qué pasa con nuestros límites cuando los cruzamos porque nos conviene?
Mi primera reacción fue pensar: “¿Dónde quedaron los valores?”. Sin embargo, no creo que las personas que causaron los daños no supieran distinguir entre lo correcto y lo incorrecto. Hay personas que reconocen que algo está mal y aun así encuentran una razón para hacerlo.
El psicólogo Albert Bandura estudió ese proceso y lo llamó desconexión moral. Dicho de manera sencilla, son las explicaciones que nos damos para hacer algo contrario a nuestros principios sin sentirnos responsables.
Yo sólo seguí instrucciones”, “muchos lo estaban haciendo”, “se lo merecen” o “era la única manera de que nos escucharan”. Con esas frases podemos restarle importancia al daño, repartir la culpa entre muchos o convencernos de que nuestra causa justifica lo que hicimos.
Esta idea nos ayuda a pensar en Guadalajara, aunque no nos permite saber qué tenía cada persona en la cabeza. Si alguien creyó que destruir era necesario para hacerse escuchar, pudo haber usado la causa para justificar el daño. Si pensó que obedecer una orden lo libraba de responsabilidad, pudo haberse dado permiso él solo con ese argumento.
Los investigadores Aileen Luo y Kay Bussey revisaron 157 estudios con 118,501 participantes en un metaanálisis publicado en 2023. Sus hallazgos confirmaron la estrecha relación entre la desconexión moral y las conductas que dañan y transgreden, pero también destacaron factores clave: la empatía actúa como un freno emocional al hacernos sensibles al dolor ajeno; la supervisión y acompañamiento de los padres brindan la contención ética y el modelaje que estructuran los límites; mientras que las relaciones con amigos y comunidad pueden funcionar como un catalizador de conducta, ya sea reforzando el criterio propio o empujando hacia la transgresión por presión de grupo. Sus resultados invitan a mirar tanto las decisiones personales como el entorno en el que se toman.
También puede haber quien sepa que está haciendo daño y simplemente prefiera obtener el beneficio. Lo que quiero dejar claro es que entender una decisión no obliga a justificarla, pedir agua limpia es legítimo; destruir un edificio histórico o lanzar bombas caseras no se vuelve correcto por hacerlo durante ese reclamo. Palacio de Gobierno no pertenece al partido que lo ocupa: forma parte de una historia que nos pertenece a todos.
Todos sabemos lo que se siente querer pertenecer. Nos importa mucho que nuestros amigos nos acepten, que nos escuchen y que podamos decir «somos parte de lo mismo». Ese sentido de «nosotros» es lo que la psicología llama identidad compartida. Dentro de los grupos también aprendemos qué se celebra y qué se rechaza. Si alguien recibe aplausos por una conducta, otros pueden sentirse animados a repetirla y si el grupo pone un límite, también puede ayudar a que sus integrantes se detengan.
La investigación reciente sobre multitudes revisada por John Drury en Annual Review of Psychology (2026), estudia estos procesos. Reunirse con otras personas no significa perder automáticamente la razón ni la capacidad de juzgar. La multitud no anula la mente, sino que transforma la identidad; por ello, según las normas explícitas o implícitas que adopte el grupo, la energía colectiva puede canalizarse tanto hacia la destrucción como hacia la cooperación y el cuidado mutuo.
Por eso me parece importante reconocer a quienes pidieron frenar los daños ya sea por sus convicciones, por seguridad, por respeto al patrimonio o para cuidar la protesta, pero sí vimos que pusieron un límite y esas imágenes se hicieron virales. Su actuación nos deja algo valioso: podemos apoyar una demanda y rechazar lo que alguien hace en su nombre. Decir «estoy de acuerdo con lo que pedimos, pero no con esto» es una enorme muestra de convicción y de tener una voz firme. A veces cuesta más llevarles la contraria a nuestros amigos que discutir con un desconocido porque soportar las burlas o el que nos dejen fuera no es fácil. Ahí es donde nuestros principios dejan de ser palabras y nos exigen una decisión.
Como madre, me importa que nuestros hijos sepan defender lo que creen sin recurrir a la violencia. Pero decirles «ten valores» no les da muchas herramientas ni les explica qué hacer cuando sus amigos los presionan o alguien les ofrece algo a cambio.
Podemos empezar hablando de situaciones cercanas. Supuestos como que en un chat comparten una fotografía para burlarse de un compañero: ¿La reenviarían para hacer reír a los demás? En una reunión alguien propone romper algo por diversión: ¿Cómo dirían que no? ¿Cambiaría su respuesta si les ofrecieran dinero o les aseguraran que nadie se enterará? Vale la pena escucharlos antes de darles la respuesta, después podemos preguntar quién saldría perjudicado y si pensarían lo mismo cuando la persona afectada fuera alguien que quieren. También podemos ensayar frases sencillas: «Yo no voy a participar», «esto no me parece bien», «me voy». Retirarse y buscar ayuda son opciones válidas. No necesitan ponerse en peligro para demostrar que tienen principios.
Nuestro ejemplo cuenta. ¿Reconocemos una falta cuando la comete alguien cercano? ¿Pedimos disculpas cuando nos equivocamos? ¿Reponemos el daño cuando fuimos los causantes? Difícilmente enseñaremos coherencia si nosotros hacemos excepciones cada vez que nos conviene.
Esta tarea también necesita escuelas donde se aprenda a discutir sin agredir y autoridades que atiendan las demandas, protejan la protesta pacífica e investiguen los daños.
Quisiera que, además del fuego, recordáramos a quienes pidieron detenerlo. También estaban ahí para exigir, pero marcaron un límite. Sus acciones mostraron que es posible reclamar con fuerza y saber dónde parar. Esa es una conversación que vale la pena llevar a casa: nuestros hijos encontrarán personas que les ofrezcan dinero, respaldo o una buena excusa para hacer daño y tendrán que decidir qué pesa más.
Podemos enseñarles a nuestros hijos lo importante que son los valores y principios, pero también mostrarles lo difícil que es que sigan importando aún cuando respetarlos nos cuesta algo. Porque si nuestros principios solo cuentan cuando nos conviene, ¿Qué estamos enseñando a defender?