Trump después de la derrota de este martes
Hay hombres cuya trascendencia política no se mide por los cargos que ocuparon, sino por las causas que defendieron y las generaciones que contribuyeron a formar. Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano pertenece a esa estirpe de mexicanos que hicieron de la democracia una convicción de vida.
Tuve el privilegio de conocerlo y acompañarlo en 1987 y 1988, cuando desafiar al presidencialismo autoritario parecía una empresa imposible. Cárdenas tuvo el valor de romper con el régimen dominante y, con esa decisión, contribuyó a transformar el destino político de México. Recuerdo al ingeniero como un hombre de pocas palabras, capaz de escuchar incluso a quienes discrepaban de él. Su autoridad descansaba en la serenidad, la congruencia y la firmeza de sus convicciones.
Para quienes éramos jóvenes estudiantes, muchos provenientes del Instituto Politécnico Nacional y de otras universidades públicas, su liderazgo representaba mucho más que una candidatura presidencial: era la posibilidad de construir un país donde el pueblo decidiera libremente su futuro. Lo acompañamos en recorridos por Hidalgo, Chiapas, Guerrero y otras regiones, en encuentros con campesinos, trabajadores, estudiantes y habitantes de colonias populares. Cada reunión, multitudinaria o pequeña, tenía el mismo valor para él. Entendía que la democracia también se construye en los barrios, los pueblos y las comunidades.
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