Las protestas en el mundo
La desconfianza se paga y, a veces, con creces, sobre todo cuando se acompaña de la soberbia del poder. El país arrastra un acumulado de agravios que no se han visibilizado, especialmente por actores con intereses qué proteger dentro del gobierno. Tiene que venir una crisis mayor para que la aparente armonía —sostenida en la sumisión— permita que el descontento aflore. La desconfianza es fundada, particularmente cuando el fracaso se hace presente y lo prometido es subvertido por el desastre.
La sociedad es rehén de su anhelo de esperanza. Por eso seducen la promesa fácil y las respuestas simples, que incluso desembocan en la devoción al líder. El testimonio de Julio Scherer es revelador: López Obrador se asemeja más a un predicador que a un político; por ello fue un pésimo gobernante, acompañado de una sociedad complaciente, élites acomodaticias y colaboradores cómplices. Las transferencias de dineroa la población y la homilía de la mañanera fueron los recursos de la mayor estafa política que el país haya conocido. Los resultados hablan por sí mismos.
Llega el momento del balance y México, frente a su espejo, advierte que la causa profunda del descontento —sedimento del anhelo generalizado de cambio— permanece intacta: el país es igual de desigual, pero más violento, y ahora cuenta con un régimen político sin contrapesos, sin legalidad y con una sociedad en estado de indefensión, producto de la merma de libertades y el colapso del sistema judicial. La prédica matutina ha perdido fuerza, no por insuficiencia de la presidenta, sino porque la adversa realidad se impone y la mandataria, pese a sus buenas formas, exhibe las miserias del poder, particularmente en la exaltación involuntaria de la impunidad. El abatimiento de El Mencho, punto de inflexión en la imagen del gobierno no cambia las cosas si no se acompaña por otras acciones ejemplares.
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