Las protestas en el mundo
En pleno siglo XXI, cuando México avanza hacia una democracia más participativa y hacia un modelo de desarrollo con bienestar bajo el liderazgo de la presidenta Claudia Sheinbaum, aún persisten lastres que nos remiten a tiempos coloniales: el autoritarismo de algunos gobernadores y presidentes municipales que se comportan como virreyes en sus estados y municipios. Este fenómeno, heredero de la tradición caciquil y personalista, representa un serio obstáculo para la construcción de un federalismo auténticamente democrático.
En distintas entidades y municipios, los mandatarios estatales y los alcaldes ejercen el poder con un estilo propio del viejo caciquismo: concentran decisiones, marginan a la ciudadanía e imponen su voluntad por encima de cualquier contrapeso institucional. No gobiernan, administran feudos personales. En lugar de impulsar gobiernos abiertos y transparentes, se aferran a prácticas del pasado que distorsionan la vida democrática.
La rendición de cuentas es, quizá, la asignatura más pendiente en los estados y municipios. El uso discrecional de los recursos públicos se traduce en presupuestos manejados con opacidad, donde la obra pública se convierte en botín político y el gasto social en moneda clientelar. Esto no solo vulnera el derecho de los ciudadanos a saber cómo se utilizan sus impuestos, sino que frena el desarrollo regional.
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