Columna Descomplicado/Jorge Robledo
Si la idea básica de formar pareja, es que voy a vivir mejor en comparación a cuando estoy solo, ¿por qué terminamos aceptando lo que no queremos vivir?
Si el objetivo es ser felices, el sentido de tener pareja es tener mejor calidad de vida acompañado que solo. A través de la relación, y cuando se da, a través de la paternidad o maternidad, debiéramos tener una buena vida que sea base de nuestro crecimiento para alcanzar nuestra propia plenitud. En este contexto, al margen de esfuerzos y responsabilidades, ni la pareja ni los hijos son una carga, porque ambos enriquecen nuestra vida, lo que nos permite crecer y desarrollarnos con alegría.
Desafortunadamente estamos mal educados y desde los núcleos familiar y social, hasta el adoctrinamiento religioso y mediático, nos han hecho creer que por estos beneficios o satisfacciones hay que pagar un precio… ¡el precio del sacrificio! Frases como “el amor es sacrificio” o “hay que sacrificarse por la persona que amamos”, son un par de ejemplos del nivel de aberración de los mensajes y lecciones que recibimos. Si somos honestos, nadie inicia una relación, ni le interesa hacerlo, para sacrificarse. En términos emocionales, lo que buscamos es sentirnos bien, estar alegres, contentos y sonreír, nuestra aspiración es ser felices, nadie quiere pasarla mal ni sentirse frustrado porque vive algo que no quiere. Sin embargo, ya sea por costumbre o condicionamiento, vivimos una contradicción permanente al aceptar sacrificarnos por acción u omisión, mientras que, en reciprocidad exigimos o esperamos que nuestra pareja y nuestros hijos se sacrifiquen por nosotros.
La realidad es que actuar de manera contraria a quienes somos, eventualmente nos termina consumiendo, lo que lleva al rompimiento o divorcio o a la resignación de vivir el resto de nuestras vidas de forma miserable. En cualquier caso, vivir una relación de esta manera es justo lo opuesto de lo que se buscaba en un principio, simplemente no tiene sentido y es frustrante. En lo cotidiano, es triste ver como se mantienen relaciones disfuncionales por principios religiosos, presión social y familiar o “por los hijos”, como si estar viviendo en medio de personas resignadas y en conflicto fuera benéfico para los niños. Por lo descrito es que muchas personas terminan sacrificándose a sí mismas y sacrificando calidad de vida por dependencia, ya sea de tipo religioso, familiar, cultural, mental, física o económica.
El derecho a ser feliz es condición indispensable en una relación, no se trata que la otra persona esté mal y yo bien, como tampoco se vale cuestionar o querer cambiar al de enfrente. Nadie tiene derecho de imponer su código de conducta a la pareja, porque además, es un hecho que no hay correcto o incorrecto, solo hay percepciones o formas de ser y pensar diferentes. Ser pareja no me obliga a funcionar como mi pareja quiere, lo curioso, cuando se trata de nosotros y ante la frustración de que no sucede lo que queremos, forzamos y manipulamos a la persona que decimos amar. Y entonces aparece el argumento: “si me amas, sacrifícate por mí”.
El problema es aceptar lo que no queremos vivir o comprometernos con lo que no sabemos si vamos a poder cumplir. ¡Hay que saber decir que no! y construir el amor día con día y, en un descuido, la relación dura toda la vida, sin promesas, sin compromisos y sin obligaciones, simplemente, porque al estar juntos soy feliz.
No existe la pareja perfecta, es natural que tengamos diferencias, como es natural que en algún momento tengamos que adaptarnos, ceder o negociar. La clave está en que nunca sacrifiquemos quienes somos, nuestra esencia, nuestros principios o nuestros sueños, para poder vivir bien en pareja, con libertad y en concordancia con nuestra naturaleza individual… Así de sencillo.
Un saludo, una reflexión.
Santiago Heyser, Sr. y Santiago Heyser, Jr.
Escritores y soñadores