Genio y Figura/Francisco Buenrostro
Hay personas que sobreviven a un accidente, a una enfermedad o a una pérdida importante. Pero hay otras que más bien sobreviven todos los días. Aunque su vida no esté en riesgo, su cuerpo aprendió a vivir como si siempre hubiera una emergencia más que resolver. Puede ser una llamada, una deuda, una reunión, un hijo, un padre enfermo, el tráfico, el celular que no deja de sonar. Solo cambian los escenarios, pero la sensación sigue siendo la misma: No nos permitimos bajar la guardia nunca.
Y entonces surge una pregunta interesante ¿hace cuánto tiempo mi cuerpo no siente realmente que el peligro ya pasó?
Y no me refiero a un peligro real como un accidente, un asalto o una enfermedad. Hablo de esa sensación permanente de vivir con la mente ansiosa y ocupada, de terminar una reunión pensando en la siguiente, de contestar un mensaje mientras ya estamos leyendo otro, de acostarnos con la esperanza de descansar y dos horas después seguimos despiertos en medio de la obscuridad, y al día siguiente nos levantamos a seguir resolviendo problemas sin un descanso verdadero. El correo ya se contestó, la deuda ya se pagó y el hijo ya llegó a casa, pero nuestra mente aún sigue bajo estrés sin sentirse verdaderamente a salvo. Siempre hay algo pendiente. Y cuando por fin no lo hay, nuestro cerebro se las ingenia para inventarlo.
Vivimos bajo un estrés constante, y el estrés no suele quitarnos la vida de un día para otro, nos la va descontando en pequeñas cuotas invisibles. Primero desaparece la paciencia, luego empiezas a dormir peor, luego ya no te vienen las palabras a la menta tan rápido, tienes menos ganas de hacer ejercicio y quizá el deseo sexual también baje. Pero lo preocupante es que empieza a aparecer una inflamación que nadie nota y quizá una presión arterial que lentamente deja de ser normal.
Y lo peor es que muchas veces aprendemos a vivir así y dejamos de considerarlo un problema. Pero mientras nosotros normalizamos esa forma de vivir, la ciencia lleva varios años diciéndonos algo muy distinto.
Hace algún tiempo, encontré el trabajo del neurocientífico Bruce McEwen, quien dedicó gran parte de su carrera a demostrar que el organismo humano está muy bien preparado para responder al peligro. Pero cuando el estrés se convierte en un estado habitual, ese mismo cuerpo que debe protegernos, termina desgastándonos.
Robert Sapolsky pone un ejemplo que me encanta: las cebras se estresan intensamente cuando un león las persigue, pero, al escapar, pocos minutos después vuelven a comer pasto como si nada hubiera pasado. Y los seres humanos hacemos exactamente lo contrario. El problema ya terminó, pero nosotros seguimos reviviéndolo durante horas, días o incluso años.
Nuestro cerebro no distingue entre un león persiguiéndonos y un jefe complicado, una deuda o un problema familiar. Sobrevivimos a la junta del lunes y el miércoles seguimos contestándole al jefe mentalmente mientras nos bañamos.
¿Hace cuánto tiempo mi cuerpo no recibe la noticia de que ya sobrevivimos?
Hace unos años el estrés solo se consideraba una emoción desagradable e incómoda que provocaba ansiedad, mal humor o insomnio, pero que desaparecía cuando el problema pasaba. Hoy la ciencia dice que el estrés crónico se puede medir, y que ya no es una simple sensación emocional, ahora se considera un asunto biológico que puede afectar prácticamente a todo el organismo. Peter Attia insiste en que una gran parte de las enfermedades crónicas, comienzan incluso décadas antes, cuando pequeñas alteraciones se acumulan durante años sin llamar la atención.
Curiosamente, hace unos años el estrés parecía un tema exclusivo de los psicólogos; Hoy lo investigan cardiólogos, neurólogos, endocrinólogos, inmunólogos y especialistas en longevidad. Esto nos dice que en realidad el estrés influye en nuestra salud mucho más de lo que imaginábamos porque no hemos sido capaces de incorporar a nuestra agenda algo vital: la recuperación.
Irónicamente, muchas personas creen que relajarse significa tomar vacaciones una vez al año o esperar con desesperación el viernes por la tarde. Pero el cuerpo no va a responder mientras no hayamos aprendido a terminar el ciclo del estrés. Necesita pequeñas señales de seguridad todos los días. Porque necesita distinguir entre vivir un momento complicado y vivir permanentemente bajo amenaza.
Cuidar nuestra salud, además de comer mejor y hacer ejercicio, también consiste en adquirir la capacidad de sentir que, aunque sea por pequeños espacios, el peligro terminó.
El cerebro también puede recuperarse
Algo que me ha dado esperanzas, fue descubrir que el sistema nervioso conserva una enorme capacidad de adaptación durante toda la vida. Así como puede aprender a vivir en alerta permanente, también puede reaprender a sentirse seguro. La neurociencia le llama neuroplasticidad; la capacidad del organismo para volver al equilibrio cuando recibe las señales adecuadas.
El problema es que la mayoría nunca aprendimos a enviar esas señales a nuestro cuerpo. Durante años escuchamos los mismos consejos —relájate, medita, tómate vacaciones—y parece fácil, pero para quien lleva años bajo presión, eso no suena suficiente. Es como pedirle a un auto que deje de acelerar con el pie presionando aún el pedal.
Por eso hoy la conversación cambia: más que buscar una vida sin estrés, se trata de enseñarle al cuerpo, una y otra vez, que la emergencia terminó con pequeñas acciones diarias que ayudan a recuperar la capacidad de alternar entre activación y descanso.
Cinco maneras de hacerle sentir a nuestro cuerpo que ya está a salvo
Aquí te dejo cinco pequeñas acciones con respaldo científico, que ayudan a interrumpir el estado constante de alerta y algunas de ellas tienen efecto casi inmediato.
Muévete después de un momento estresante. Una caminata a paso rápido de diez minutos o subir escaleras, ayuda a que el organismo descargue un poco la emoción para que vuelva a relajarse: el punto es moverse después de detectar una amenaza.
Practica el suspiro fisiológico. Dos inhalaciones cortas seguidas y una exhalación larga pueden reducir rápidamente la sensación de tensión. Es una de las herramientas respiratorias más sencillas que hay y mejor estudiadas para enviar una señal inmediata de calma.
Contacto físico / oxitocina. Un abrazo de 20 segundos o más, contacto con una mascota o en general cualquier contacto físico con afecto, para liberar oxitocina y reducir cortisol de manera rápida.
Exposición breve al frío. Aplicar agua fría en cara o manos, ayuda a bajar la frecuencia cardiaca rápidamente y regular una emoción aguda.
Busca luz natural durante la primera hora de la mañana. Exponerte unos minutos a la luz solar por la mañana, ayuda a sincronizar el reloj biológico que regula el cortisol, y puede darte más energía durante el día y un mejor descanso por la noche.
Actualmente ya no debemos vanagloriar el trabajar toda la noche sin dormir o no haber tomado vacaciones en años. Hay personas que definen la genialidad de la mente por la capacidad para detener acciones autodestructivas. Ya no está de moda presumir cuanto estrés soportamos. Ahora lo importante es la habilidad que desarrollamos para mandarle al cuerpo pequeños mensajes de tranquilidad que le hagan entender que ya no tiene que defenderse.
Tal vez nunca podamos evitar todos los momentos difíciles. Seguimos teniendo hijos, trabajo, cuentas por pagar y grupos de WhatsApp que nunca duermen, pero sí podemos elegir si queremos seguir viviendo como si cada día fuera una emergencia. Porque el estrés no nos arrebata la vida de un solo golpe, nos la va quitando en pequeños cambios que casi no notamos: la energía para jugar con nuestros hijos, la claridad para crear, el entusiasmo por aprender, la paciencia para amar y la ilusión por imaginar el futuro. Nos va alejando, poco a poco, de la persona sana, fuerte y presente que todavía podríamos llegar a ser.
La buena noticia es que el cuerpo también sabe aprender el camino de regreso, solo necesita que, una y otra vez, le demostremos que el peligro terminó
Pensamos que la salud empieza el día que decidimos tomar un super suplemento o que iniciamos el entrenamiento ideal, pero si lo piensas, creo que realmente empieza en el momento en que nuestro cuerpo, por fin, vuelve a creer que ya está a salvo.