La IA y el riesgo de reducir las mismas brechas de siempre/Paty Sánchez
Hoy, en este Día del Padre en México que parece un "hermano pobre" del festejo materno, hagamos una pausa para mirar lo invisible.
Mientras la madre es el útero del mundo, el padre es el artífice del umbral. Él no da la vida en el quirófano, pero construye la casa donde esa vida crece. Su paternidad no se mide en contracciones, sino en las horas de trabajo que arrancan de su cuerpo para poner un techo; no se mide en sangre, sino en el callo de sus manos y el cansancio que disfraza de entusiasmo al llegar a casa. Su hazaña no es épica, es cotidiana: es el acto repetido de levantarse cuando el cuerpo pide quedarse, de tragarse el miedo para que en casa solo entre la tranquilidad. Su hazaña no es épica, es cotidiana.
¿Por qué ni siquiera tenemos un día que se sienta nuestro? Quizá porque la sociedad ha naturalizado su esfuerzo hasta hacerlo anónimo. A la madre se le agradece porque duele a la vista; al padre se le exige porque se supone su obligación. Pero aquí está la trampa: el padre verdadero no es el que cumple un deber frío, sino el que elige quedarse todas las mañanas. En un mundo que le enseñó a ser estoico, su amor se expresa en gestos mínimos: el nudo de una corbata mal hecho para la junta escolar, la mano firme en la espalda cuando el niño se cae, el silencio cómplice frente a una derrota adolescente. El padre verdadero no es el que cumple un deber frío, sino el que elige quedarse todas las mañanas.
Reivindicar al padre no es un acto misógino, es un acto de justicia histórica. El machismo nos vendió al padre ausente, autoritario o proveedor frío. Pero honrar al padre de hoy es reconocer al que lava un plato, al que cambia un pañal sin aspavientos, al que abraza sin que le enseñaran a hacerlo, al que llora a escondidas porque su hijo ya no lo necesita para atarse los zapatos. Ese padre no es una columna rígida de hormigón; es un roble que se dobla ante el viento para cobijar a los suyos, pero sin dejar de ser raíz. Honrar al padre de hoy es reconocer al que acompaña, cuida y permanece.
La madre da el latido; el padre da el compás. Ella es el fuego del hogar; él, la pared que contiene ese fuego para que no se apague ni queme. No son opuestos, son fuerzas que se necesitan para sostener la fragilidad de la infancia. Olvidar al padre es olvidar que el amor también se construye en silencio, que la lealtad no siempre se declama, que la protección a veces es solo estar presente, sin más discurso que la respiración compartida. No son opuestos, son fuerzas que se necesitan para sostener la fragilidad de la infancia.
Hoy no te pido que compitas con la madre. Te pido que mires a ese hombre que pudo haberse ido y se quedó; que pudo haber alzado la voz y eligió escuchar; que pudo haber sido un extraño y decidió ser refugio. En un país donde el padre suele ser el gran ausente en las estadísticas emocionales, darle su día no es un capricho: es devolverle la dignidad a la entrega que no sangra, pero que desgasta el alma. Darle su día no es un capricho: es devolverle la dignidad a la entrega que no sangra, pero que desgasta el alma.
Valóralo hoy, no por lo que no es (madre), sino por lo que elige ser: el hombre que, en su humanidad imperfecta, decide cargar con el mundo para que el mundo de sus hijos sea un lugar más amable. Eso no es machismo, eso es heroísmo silencioso. Felicidades, padre columna, padre sostén. Hoy te vemos, y al verte, nos vemos nosotros. Eso no es machismo, eso es heroísmo silencioso.