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En una reunión, alguien comenta que una conocida se ha dejado las canas. “Se ve más grande; antes se arreglaba más”. Poco después aparece la fotografía de otra que se hizo un procedimiento en el rostro y el juicio cambia de dirección. “¿Qué necesidad? Ya todas se ven iguales”. A veces son las mismas personas y en la misma tarde.
Entre una conversación y otra, queda al descubierto una regla no anunciada que todos aplicamos: hay que envejecer sin que se note la edad y sin que se note el esfuerzo. Con canas, te descuidaste, con un retoque, te desesperaste. La única versión aprobada es la invisible, la de quien parece haberle ganado al tiempo sin haber movido un solo dedo. Pero seamos sinceros ¿Quién llega ahí?
“¡No aparentas tu edad!” es probablemente el halago más repetido y el que más se disfruta escuchar después de los cumpleaños. Si parecer joven es el premio, entonces ¿Parecer de tu edad podría ser el castigo? Cada vez que lo decimos con la mejor intención, confirmamos que los años son algo de lo que tenemos que disculparnos.
Ahí está la contradicción que me molesta porque decimos que respetamos la vejez, que admiramos la experiencia y la sabiduría, que celebramos vivir más, pero la admiración parece tener una condición: siempre que no se note demasiado. Respetamos a las personas mayores mientras no lo parezcan.
Nadie va a decir “Voy a opinar sobre tu cuerpo”. Lo decimos como preocupación o como consejo, pero comentar cómo envejece alguien se ha vuelto una plática casual, y pocas veces nos preguntamos quién pidió esa opinión y por qué damos por hecho que nos toca darla.
Lo curioso es que, sin tener un conocimiento real de la situación, opinamos sobre la conocida de las canas sin saber si le gustan, si las eligió o si simplemente está harta de los tintes. Opinamos sobre la fotografía del retoque sin saber si fue una decisión largamente pensada o un capricho de un martes. Nos basta la superficie para dictar sentencia, y luego nos sorprende que a tantas personas les incomode ser miradas.
Yo propondría lo contrario como punto de partida: el cuerpo de otra persona no es tema de conversación, salvo que esa misma persona la abra. No sería una regla de etiqueta muy rebuscada o difícil de seguir.
Nada de esto es nuevo. En 1972, Susan Sontag escribió un ensayo al que llamó “The Double Standard of Aging”, en el que explicaba por qué envejecer resulta mucho más penalizado para las mujeres: a ellas se les evalúa de forma desproporcionada por su apariencia y se les ha asignado el valor de la belleza juvenil, así que cada señal del tiempo como canas o arrugas se lee culturalmente como un declive o cómo perdida de su valor social. Más de cincuenta años después, la escena de la reunión sigue siendo reconocible. Que un diagnóstico de 1972 siga describiendo nuestras sobremesas sugiere que no estamos ante una moda ni ante un exceso de las redes sociales, sino ante una estructura con mucha inercia.
Los hombres caben en esta conversación, aunque los juzguen con otra vara. El mismo ensayo argumenta que el envejecimiento en los hombres suele asociarse con experiencia, madurez, carácter y estatus social, por ello, las canas en un hombre suelen leerse como distinción, pero la tolerancia se acaba en cuanto él se tiñe el cabello, se inyecta bótox o se somete a una cirugía porque también será tema en la siguiente reunión. Y el que no se hace nada tampoco está a salvo porque cuidado con que empiece a crecer la pancita o empiece a perder cabello. Es una vara distinta, pero sigue siendo una vara. A ellos se les permite envejecer con cierta holgura mientras no muestren que les importa; en cuanto se les nota el interés, el permiso caduca. Es la misma regla de la invisibilidad, puede importarte cómo te ves, siempre que nadie lo advierta. Siempre habrá un público esperando para evaluar cómo envejece un cuerpo ajeno.
“Cuídate” antes era un deseo que hoy se ha ido volviendo una exigencia que se cumple o incumple a la vista de todos. Y se cumple, sobre todo, con la cara. Una persona puede cuidarse, y mucho, y aun así tener arrugas, pero rara vez le concedemos esa posibilidad. Suponemos que el rostro es el expediente completo.
Y como el expediente nunca se cierra, el cuidado se vuelve un proyecto sin fecha de entrega. Se corrige una zona y en seguida estamos mirando la siguiente zona a corregir; una fotografía nos gusta hasta que la ampliamos y la vemos más a detalle. Lucir joven deja de ser un gusto para convertirse en una meta que se aleja conforme avanzamos hacia ella, y el cuerpo, en una obra perpetua a la que siempre le falta algo para que quede perfecta y sea aprobada. Nadie dice cuándo se termina, porque el sistema no está diseñado para que se termine.
Lo que se espera al final, es un cuidado que no se note. Si el trabajo se ve, queda mal quien lo hace; si no se hace, queda mal quien no lo hace. El esfuerzo debe ser invisible, como si dedicarle ilusión y dinero a la propia imagen fuera algo vergonzoso o que se deba esconder. Hasta la industria de la belleza parece haberlo notado: en 2017, la revista Allure anunció que dejaría de usar el término “antienvejecimiento” explicando que el término enviaba sutilmente el mensaje de que envejecer es una “enfermedad” o una condición médica que hay que combatir. La revista decidió cambiar la narrativa para celebrar la belleza en todas las etapas de la vida en lugar de reforzar el estigma de la edad. Cuando el propio sector pone atención a sus palabras, es momento de empezar a revisar las nuestras.
Defiendo que cada uno haga con su rostro o cuerpo lo que quiera: teñirse o no, operarse o no, cambiar algo o dejarlo igual. Ninguna de esas decisiones nos da derecho a deducir la autoestima, la inteligencia, la posición económica o la vida interior de nadie. Ni las canas otorgan superioridad moral, ni tenemos la obligación de parecer jóvenes siempre y tampoco tenemos que demostrar que somos lo bastante auténticos como para no intentar vernos mejor.
Pero sería ingenuo fingir que todas esas decisiones se toman en libertad plena. Se elige entre opciones que nuestro entorno ya definió y llenó de consecuencias, una se carga con etiquetas de descuido y la otra con etiqueta de desesperación.
Conviene hacernos una pregunta más íntima antes de cualquier decisión: ¿Esto que quiero hacerme me ilusiona, o siento que debo hacerlo para evitar el juicio de los demás? Las respuestas pueden mezclarse y no pasa nada. Lo importante es saber desde dónde estamos tomando la decisión. Y esta pregunta vale en ambos sentidos: quien decide no hacerse nada también puede estar eligiendo con gusto o con miedo a que se le acuse de hacerlo por vanidad.
Quiero una longevidad en la que quepan el cabello teñido y las canas, el Sculptra y las arrugas, cuerpos intervenidos y los que no, sin tener que dar explicaciones a nadie. Si aspiramos a vivir muchos años, necesitamos darles el reconocimiento que merecen y mirarlos con orgullo. Sería triste ganar tiempo de vida y pasar buena parte de él pidiendo disculpas y preocupándonos porque los años se nos notan.