Filosofía sin escrúpulos
En la vida sí existen imposibles; situaciones y cosas que jamás se logran a plenitud, sobre todo al lado de alguna pareja, aunque tengas la mejor del mundo.
Tal vez sea cierto que lo que une a hombres y mujeres (hoy también a miembros de diversas comunidades) son sus diferencias y que el respeto a la individualidad de la persona logra relaciones duraderas. Así, somos capaces de compartir antipatías y gustos, pero difícilmente emociones.
Esas emociones que te produce una buena música. Para algunos muy actuales los grupos coreanos de música y baile; igual que Bad Bunny, y Bruno Mars; tal vez para otros, danzones, cumbias, interpretaciones de Chico Ché, o la Banda Tracalosa.
Las anteriores pueden atender a emociones más primitivas que nos conducen a esa manifestación tribal que se deriva en movimientos propios de los Zulú de África, o grupos de cualquier otro continente: el baile.
Lo pensé una de mis acostumbradas tarde-noches musicales, en las que provisto de audífonos me entrego al disfrute de una de las más brillantes creaciones de la raza humana: la música.
Esa que según los muy doctos surge del sonido de la naturaleza misma y de la circunstancia humana: el delicado sonido de la pesca en el río, al lado de los bramidos durante la caza de un mamut; la suave brisa marina, en contraste con un huracán o la erupción de un volcán.
La música responde a los sonidos de la época y la creación musical, obedece al genio creativo de quien es capaz de capturar en notas, el ritmo de esos tiempos. Se explica la música de los tríos de los 50, con la de una ciudad apenas ruidosa y los sonidos repetitivos del reggaeton, con el tráfago actual.
Es cierto que cada quien habla (y hablará) de la feria como le va en ella, y que el mejor tiempo es el que uno vive. Yo me declaro absolutamente Beatlemaniaco, aunque reconozco que es por algo que existen los clásicos.
Beethoven, Tchaikovsky, Vivaldi, Brahms, Mozart, Bach, Debussy, Chopin, dejaron su obra para la posteridad y es un disfrute total ver cómo los interpretan las grandes orquestas del mundo. Como en mi caso, no es necesario conocer de música, sino saber disfrutarla.
La herencia de esos clásicos se reparte entre los mejores compositores de música para el cine, desde Francis Lai, Michel Legrand, John Barry, Max Steiner, y más recientemente John Williams, Ennio Morricone, y Hans Zimmer, entre muchos otros.
Hay temas difíciles de sustituir. ¿Quién no recuerda cómo nos poníamos en el borde del asiento para acompañar a E.T. en su paseo en bicicleta por el aire. No nos dimos cuenta que la música extraordinaria del compositor John Williams, era la que nos mantenía emocionados, como lo haría más tarde con Harry Potter.
Los momentos melancólicos de Cinema Paradiso, se aderezaron con el talento musical de Ennio Morricone, o los de Il Postino, con la magia del ítalo argentino Luis Bacalone. Igual que las emociones de otras tantas producciones cinematográficas obedecen a la magistral comunión música-imagen.
Quién no disfrutaría una tarde lluviosa en una cabaña de Sierra de Lobos, el Ajusco o el Nevado de Toluca, iluminado con la lumbre de una chimenea, y grandes bocinas con el fondo musical de alguno de los soundtracks de películas de los 80 o 90, de John Williams, Enio Morricone o Vangelis.
A ello le vendría bien un sabroso vino, buenos quesos y la mejor compañía posible. La idea incluye disfrutar los acordes musicales, detenidamente, con la emoción que transmiten las notas, con sus altos, bajos, sostenidos y silencios, que transportan a un éxtasis singular que solamente requiere de la voluntad del disfrute.
El gusto compartido por la música equilibra, complace, identifica, toca el espíritu, abriga, propicia momentos ideales que quedan para siempre. Es justamente por eso que hay interpretaciones que, irremediablemente, nos recuerdan a alguien o algo.
Todos tenemos una memorabilia musical, que nos trae de regreso a personas que pasaron por nuestra vida. La mía es riquísima y variada, desde Leonardo Favio con "O quizás simplemente le regale una rosa", Angélica María "A dónde va nuestro amor", Granf Funk Railroad, "I'm your captain", Dionne Warwick "I'll never love this way again", Alan Parsons, "Time", Luis Miguel "Por debajo de la mesa" y decenas más, cada una con su respectivo recuerdo personal.
Es un masoquismo que embriaga, que nos hace cómplices de nosotros mismos, que rasguña sin lastimar y que, al final, casi siempre nos saca un suspiro.
La expresión Esa no porque me duele, surge justamente de esto; de los recuerdos que preferiríamos dejar en el sótano de la memoria y no tener que enfrentarlos.