El quiebre de la normalización de la violencia
El laberinto de las emociones es un desafío para el experto, para el psicoanalista. También, el mundo de los símbolos para el entendido en este tema. Se navega, vive, disfruta y se padece ese entorno. La sociedad demanda un mayor análisis para entender qué sucede; el surgimiento de políticos disruptivos con significativo respaldo popular como Trump en EU, Bolsonaro en Brasil, Boris Johnson en Inglaterra, Milei en Argentina o López Obrador en México, se entiende por la crisis de la sociedad contemporánea, particularmente de sus élites, que a su vez remite a la disfuncionalidad del Estado en sus tareas fundamentales. La crisis es más profunda y generalizada: dicha sociedad está en búsqueda de respuestas a preguntas muy complicadas y, en ese afán, dispuesta a poner en entredicho muchas de las verdades de varias generaciones y que comprometen lo mejor de nuestro pasado inmediato.
Parte del cambio viene de una nueva forma de socializar, de convivir, informarse y participar. El mundo digital abre espacios y genera múltiples oportunidades, pero también riesgos, porque demanda responsabilidad en su diagnóstico y atención, justo lo que ahora se abandona. “Respuestas fáciles a problemas complejos”, suele decir Barack Obama. La dimensión presencial nunca será desplazada por el espectro virtual; se complementa, pero no lo sustituye, ni siquiera en el encuentro con el libro o con el diario de papel. No hay muda, sino coexistencia; que eso sea realidad debiera ser un reto compartido; lo tradicional financió a la modernidad, ahora ésta debería cuidar su precedente, como referente de origen y sentido de proyecto. Lo más relevante es hacer convivir formas de producción de trabajo intensivo con las tecnologías de alta productividad, más hoy, con la amenazante inteligencia artificial generativa, que no es instrumento, sino actor, por ahora bajo el control de grandes empresas que, con soberbia, se asumen líderes incluso por encima de los gobiernos, no se diga del interés público.
La sociedad actual padece un sentido de abandono, de orfandad. Las grandes causas se han disuelto o desdibujado; quizá debido a un triunfo del occidente liberal que ahora se revierte. Las élites han perdido brújula moral; su obsesión por el poder, el espectáculo y el dinero, según el caso, las ha extraviado; dispuestas abrazar las peores causas, como el exterminio al que se condena a los más pobres de los pobres y la exclusión con claras connotaciones fascistas y racistas. Mensaje inequívoco fue el saludo nazi del hombre más rico del mundo, después del triunfo de Trump en su intento de regresar a la presidencia: Elon Musk, originario del país que hace unas décadas vivía el racismo de Estado. En su desbordamiento de celebración expresa un sentido de reafirmación de identidad y un sentimiento de triunfo.
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