Saldos de los destapes
"Sentí de la chingada, me apagó el alma"… Es parte de la charla out of record con Daniel Bautista, minutos después de su descalificación en la prueba de los 20 kilómetros de marcha en los Juegos Olímpicos de Moscú 80.
Mientras periodistas de varios países lo buscaban por dentro y fuera del estadio, fui el primer reportero del mundo, que platicó con el marchista mexicano después de ser echado de la competencia, cuando no eran más de 500 metros los que lo separaban de entrar con los brazos en alto al estadio.
Eso de platicar es nada más un decir, porque lo único que grabé del desolado andarín, fue su primera reacción que mandé de inmediato a Grupo ACIR: "Discúlpame Norberto, no quiero saber nada de esta puta madre de la caminata".
Eran tiempos en los que una grosería al aire en un medio electrónico, se penaba como si los juzgadores pertenecieran a la Santa Inquisición.
Minutos antes, en el palco de prensa, donde seguimos toda la competencia, colegas de Brasil, España, Cuba y muchas otras naciones, iniciaron los abrazos y felicitaciones antes de tiempo. Y mientras aceptábamos a medias los apapachos, un espantado Mauricio Da Milano recibió la ovación ensordecedora de la tribuna.
El atleta italiano parecía ya haberse conformado con su presea de plata, por la ventaja que le había sacado el mexicano, y jamás imaginó que se llevaría un oro que, prácticamente, le cayó del cielo.
Cuatro años antes el oriundo de San Luis Potosí, avecindado en Monterrey, nos dio el placer inenarrable de escuchar nuestro himno nacional, por primera vez en la historia, en una prueba atlética de Juegos Olímpicos.
El Negro, como algunos le llamábamos, era profundo admirador del sargento José Pedraza, quien en México 68, se quedó a nada de ganar para México una presea dorada, detrás del ruso Vladimir Golubnichi.
El gesto del sargento al arribar a la meta detrás del soviético, es uno de los momentos más recordados de nuestra historia deportiva, por el coraje y la frustración que demostró el michoacano.
Pedraza dio la patada de impulso para toda esa generación de marchistas de los 70 y 80, que encabezada por el polaco Herzy Hausleber, se convirtió en la número uno del orbe, mediante un buen trabajo programado y mucha entrega por parte de los integrantes del equipo.
El entrenador europeo trabajó con Bautista, Raúl González, Ernesto Canto, Martín Bermúdez, el Archi Flores, Carlos Mercenario y muchos más que llenaron de gloria el historial de la marcha nacional, plena de campeonatos centroamericanos, panamericanos y mundiales.
Toda la olimpiada entre Montreal y Moscú, Daniel jamás dejó de trabajar, de cosechar triunfos y de depurar su técnica, para llegar a tierras soviéticas como el favorito indiscutible en los 20 mil metros de marcha.
La preparación incluyó prácticas en el extranjero con giras extenuantes, competencias en todo el mundo y un plan concreto desarrollado por el equipo de especialistas del entrenador polaco Hausleber quien terminaría como naturalizado mexicano.
No parecía. El mexicano era el mejor equipo del mundo en la historia de la caminata, demostrado con hechos, con resultados. Llegamos a ser imbatibles en el terreno que nos pusieran con un ejército de atletas que sabían dónde, cómo y cuándo actuar.
Para quienes dimos seguimiento periodístico a las actuaciones de nuestro equipo de marcha en esos cuatro años, no nos quedaba duda que llegaríamos a Moscú como los favoritos en esa especialidad atlética, que encabezamos durante los años 70, con un dominio, que ningún país ha sido capaz de repetir. Fuimos un semillero de campeones.
Toda esa historia le vino de golpe a la memoria a Daniel, ese oscuro día en Moscú, donde reconoció, en corto, que Montreal 76 resultó una sorpresa hasta para él. Pero Moscú 80, sí era su objetivo, su sueño… Un sueño que a punto de ser materializado, fue abrúptamente truncado.
A Daniel le mataron el sueño, coincidimos varios de los reporteros que lo acompañamos en esa gira rusa, donde todavía nos robarían un oro en clavados con Carlos Girón y la posibilidad de avanzar en pos de una medalla en el boxeo, con Daniel Zaragoza.
No se sabe bien a bien quién fue el juez que descalificó a Daniel, si fue alemán, mexicano, o polaco, pero es un hecho que no lo retiró de una competencia, sino de la marcha misma, de una parte fundamental de su existencia, que ya jamás volvería a ser la misma, con la ilusión rota y el sueño ya sin vida.




